
MIRADA de un niño en la fotografía de Lorenzo Ugarte.
El pasillo era largo, angosto y oscuro, con tres huecos en su recorrido y una estancia más amplia e iluminada al final. Recuerdo que mi hermano y yo dormíamos en uno de los huecos.
Al baño le faltaba la bañera, sustituida por una tinaja. A continuación estaba la alcoba de mis progenitores, terminando en una cocina sala, en la que comíamos todos, en la que mi padre a solas hacía las cuentas.
En aquel tiempo no lo apreciaba, pero ahora me doy cuenta de que vivíamos bien si me comparaba con otros niños, con gentes hambrientas que observaba cuando acompañaba a mi madre a La Ribera a hacer los mandados.

MERCADO antiguo de La Ribera, en Bilbao. (Foto Jose Valderrey).
También asoma a mi memoria los interminables partidos con pelota de cuerda en Tendería, siendo como éramos dos mocosos de patitas delgadas como un alfiler. Porque a pesar de tener siempre algo en el plato, este nunca rebosaba. Muchos días y para que no nos faltara, la ingesta de mi madre consistía en rebañar con pan las filigranas de yema de huevo y aceite que restaban en nuestros platos.
La recuerdo menudita como una figurita de porcelana. De piel blanca, vestida de negro y con cabello liso que se recortaba a la altura de la oreja, frente a un espejo relimpio pero roñoso, propiedad, como todo lo que allí había, del señor Mintegui. Siempre zurciendo en la cocina, pegada al ventanal.
Y a mi padre, mucho más corpulento, que no grueso, también de negro y con boina calada, que llevaba con gran estilo, porque desde mi enfoque pueril, todo en él destilaba elegancia y admiración.
Ambos de poco hablar y de mucho hacer. De nada discutir.

Las únicas trifulcas en casa, provenían de las peleas con mi hermano Angelito, cuando nos empujábamos hasta la puerta para recibir a mi padre. Algunas veces nos traía un caramelo de malvavisco que ansiosos extraíamos del bolsillo de su chaqueta con el compromiso de no chuparlo hasta concluida la cena. Era un hogar feliz.
Pero todo cambió una noche cuando regresó mi padre azorado y con rostro lívido y en su depurado euskera, que habíamos dejado de hablar en la calle bajo prohibición expresa y amenaza de severo castigo, indicó a mi madre que nos vistiera para un viaje y que llenara con lo imprescindible la única maleta que poseíamos.
No recuerdo más. Ni cuándo dejamos atrás nuestra vida, nuestro país y nuestro hogar, ni cuándo nos vinieron a recoger entrada la noche para huir aprovechando silencio y soledad.

Huir porque nos perseguían. Huir, porque no estábamos a salvo. Huir, porque habíamos cometido un delito de la misma gravedad que robar o matar, ya que se penalizaba igual. Huir, porque a pesar de amar la paz y de que jamás había hecho daño a nadie, mi padre tenía otras ideas, las que compartía con el bando perdedor. Y los perdedores en aquel tiempo lo perdían todo, empezando por sus vidas.
Mi hermano y yo despertamos en otro cuarto y en otra cama. Mirando por la ventana comprobamos que no tenía vistas al conocido y reducido patio atestado de colgajos, sino a un inusitado campo abierto, colmado de colinas rojas y arboles alineados y diminutos, cuyo nombre más tarde aprenderíamos. Y aunque comprendo el temor y dolor, profundo, que albergarían mis padres, era para Angelito y para mí una mañana de auténtica fiesta. Cómo no serlo, para dos niños de parvulario descubriendo un nuevo universo.

iGLESIA de Elvillar fotografiada por Josemi desde Laguardia.
Y era tan bonito, nos sentíamos tan libres. Las calles eran más amplias, los edificios más pequeños y escasos, donde el Sol entraba saludando por cada esquina, y el azul, manto del cielo cubría sin racanear la primavera.
Nuestra madre abrió la puerta y mi hermano y yo, como potrillos, bajamos de dos en dos las escaleras de aquella oficina reconvertida en vivienda, situada en la primera planta de un inmenso pabellón, repleto de toneles de madera. Todavía hoy recuerdo su olor penetrante, una combinación de vinagre, campo y uva. No pude detenerme más; la emoción y la ilusión me lo impidieron.
Tras dar alguna que otra vuelta por el mundo a lo largo de mi vida, he podido comprobar que las personas, “las de a pie”, en todas partes son similares. Y no digo iguales, porque historia, costumbres y religión marcan diferencias. Sin embargo, a pesar de tanta diversidad, solo puedo dividirlas en dos grandes grupos: las buenas y las malas. Las de alma negra y las de alma blanca.
Puedo asegurar que todos y cada uno de los habitantes de la entrañable localidad de Laguardia fue bueno y de blanca alma, porque nuestra familia expatriada no encontró sino cálida bienvenida y mantenida ayuda, no considerando tacha alguna hablar, pensar, o sentir distinto.

JÓVENES de Laguardia en una placa del tiempo de Lorenzo Ugarte.
Pronto nos adherimos al ritmo de la población. Papá trabajaba contabilizando el llegar de la uva, y mamá cuidaba de nosotros, aunque yo ya no le acompañaba a hacer los recados, porque teníamos que ir a la escuela. Allí todos estudiábamos y jugábamos sin importar origen, creencia o apellidos. Siempre lo he considerado una de las mayores ventajas de la niñez: la ausencia de prejuicios y del prejuzgar, que a menudo son causa de intolerancia, arbitrariedad y aberraciones.

ALUMNAS de Laguardia. (Fotografía Lorenzo Ugarte).
Días, meses y años felices, en los que debido a mi corta edad no añoraba, porque solamente me desarrollaba. Crecía y absorbía como una esponja, acumulando en la joroba la savia del árbol que más tarde podría llegar a ser. No sucedía así con mi padre, quien en silencio languidecía. Creo que, durante aquel tiempo, no pude contabilizar ni una sola de sus sonrisas. Supongo que, nunca pudo soportar sin sentir el clavar de un puñal, el hecho de haber sido condenado, perseguido, aislado, denostado; solamente, por ser fiel a sus principios, a su cultura, a sus ancestros y a su lengua.
Lenguaje que permaneció, por sumar esfuerzo a sus esfuerzos, cuando al terminar cada jornada, con aquella letra impecable y voz grave, a la luz de la vela y el calor de la hoguera, nos trasmitía con orgullo de corazón y lágrimas contenidas en la cuenca de sus ojos, quién era.

FOTOGRAFÍA de Lorenzo Ugarte.
Engordé, y es que en el pueblo suelen llenarse los platos con mayor facilidad que en la ciudad. Pueden comerse las patatas, el hierro no. Y también crecí, en todos los sentidos. Tenía las piernas largas y delgadas, como las de un flamenco, y acostumbrado a correr también lo hice a driblar, convirtiéndome en uno de los jugadores de futbol del equipo local.
Para mí aquellos días, lo fueron de coser y de cantar cual cigarra. De ver volar al atardecer las golondrinas y derretirse la escarcha tras el cristal. De sarmientos arrugados o reverdecidos dando el fruto morado.

FOTOGRAFÍA en la viña, de Lorenzo Ugarte Antón.
Vides que también recolectaba, porque me sobraba tiempo tras hacer los deberes y disfrutaba del sol y del aire; disfrutaba, como cualquier niño, de jugar en paz.
Por recordar y porque nunca olvido, estuvo y está el vino. La copita que cada noche mi padre se servía para cenar y la botella de Mosto Palacio que nos regalaban cada domingo.
Por recordar y porque siempre estará, frente a este tinto de crianza que me ofrecen en La Viña, brindo por la vida, por el que fue regreso tranquilo a nuestra tierra y nuestras raíces. Brindo por el territorio y las gentes que con tanta generosidad y naturalidad nos acogieron. Y brindo por este Bilbao único e insustituible para mí y los que amo.

LA autora del relato saltando con los Masai en Tanzania en 2023.
* De Cristina Maruri. Escritora y fotógrafa. Autora de novela y poesía. Colaboradora de El Correo y La Vanguardia. Humanista y viajera solidaria.
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Me gusta mucho el texto
Y me encantan todas y cada una de las fotografías, tan bien traídas!
Gracias, Kerman
Es una manera muy dulce de contarlo. Tan tierna que parece mentira que esté relatando hechos tan duros de nuestra historia. A toda esa gente hay que homenajearles, como a ese hombre al que le costaba sonreír, desterrado en la bella Laguardia, alejado a la fuerza de su lejana ciudad.
Sí, me ha emocionado, y mucho.
Gracias, Clara
La autora titula el cuento «Niños del Vino», pero bien pudiera haberlo llamado Niños de la Guerra. Los tuvimos. Hoy es otro momento de la Historia, pero hay que homenajear a toda aquella gente que en sí mismos eran aire de libertad
Zorionak a la autora
Eskerrik asko, Begoña
Bravo por Cristina. Bravo por el Blog. De todo puede hablarse, si todo está tan bien dicho. Y tan clarito
Gracias, Arene
Cristina, de la mano mágica de Julio, me has transportado a ese mundo de recuerdos, donde las miradas de los niños son capaces de dulcificar las terribles consecuencias de la maldad.
Eres una escritora maravillosa. Gracias por la generosidad de compartir un cuento tan íntimo.
Gracias, Alberto
Muchas gracias querido Julio, por la oportunidad en este prestigiado Blog, tan lleno de amigos y buen hacer.
Un abrazo fuerte a todos y dadas las fechas, felices vacaciones. 💃
Gracias, Cristina
Hoy son entrañables recuerdos de un pasado que fue desgarrador, lleno de miedo e incertidumbre para los adultos comprometidos con la libertad y la democracia.
Es la mirada inocente y feliz de un niño, muy bien relatada por Cristina Maruri. Aún así… siempre hay que quedarse con lo bueno. Como en este caso fueron las gentes de Laguardia. Eskerrik asko, Laguardia
Milesker, Amaia
Necesito pensar en imposibles. Por un lado, aquel abuelo o bisabuelo de Bilbao hoy tendría unos 110 años. El primer imposible me llevaría a querer conocer sus pensamientos cuando vivía desterrado en Laguardia. A saber qué diría él si pudiera expresarlo. El segundo imposible -ojalá no lo sea tanto- es que en nuestro país no volvamos a pasar nunca más por aquellos hechos, tan terribles.
Paz, prosperidad y literatura para todos.
Gracias, Daniela
Eskerrik asko
Muchas Gracias
Hay frases con vida.
Milesker, Gonzalo
Es un relato lleno de ternura, con una mirada infantil que transforma la dureza del exilio en una aventura luminosa. La escritura es sencilla y honesta, logrando emocionar sin forzar nada. Me conmovió especialmente la figura del padre, tan silencioso y digno, junto con esa imagen final del brindis, que resume toda una vida de pérdida, gratitud y raíces recuperadas. Es un cuento que se queda contigo, como los buenos recuerdos.
Gracias, Davide
Zorionak a Cristina Maruri por su buena pluma, por traer este relato íntimo, emocional y descriptivo. Es un reflejo de la Guerra Civil que afectó a muchas de nuestras familias y que la escritora nos proyecta de nuevo en la memoria. Es un relato corto, intenso y sensible, muy propio de Cristina., una luchadora de las causas perdidas, de esas personas que siguen haciendo falta. Su historia es una fotografía más, como las que acompañan a esta preciosa pieza literaria ‘Los niños del vino’, situada en Laguardia, un lugar muy especial en Rioja Alavesa. La escritora nos ha acercado al breve periplo de estos dos hermanos en busca de nuevas oportunidades en un recorrido histórico por el pasado. Me quedo con el brindis como colofón final. Yo brindo por la paz y la prosperidad en un mundo más justo. Eskerrik asko, Cristina y Julio, por esta píldora literaria en el Blog.
Eskerrik asko, Carmen
Gure Euskera handia! Quiero destacar en el cuento de Maruri el tesoro bien guardado del euskera. Invisible socialmente a la fuerza, nuestra lengua, cercenada durante décadas, fue uno de los grandes damnificados, junto con la libertad… “Izan garelako, izango gara”, como dijo nuestro patriarca de la cultura vasca don Joxe Miguel de Barandiaran, «Porque fuimos, somos; y porque somos, seremos».
Mila esker!
Eskerrik asko, Antton
Se me ha hecho corto, muy corto el relato, y fácil, facilísima la lectura, como si la hubiera escrito una niña. (Lo cual es dificilísimo) Una niña que abre su corazón, y expone sus sentimientos con la mayor sencillez. Recuerdo entrañable para tantos desterrados que tuvieron que sufrir el exilio solamente por pensar distinto, perdieron la facultad de sonreír y solo les dejaron añorar… Y, cómo no, el canto de alabanza a la hospitalidad de Laguardia. Eskerrik asko
Milesker, Antonio
«Cuento» no, realidad, triste realidad contada de forma exquisita y agradable.
Gracias Cristina y gracias Julio por traérnosla.
Gracias, Concepción
Cristina, Gracias. Se lo paso a mis hijos y nietos.
Un cuento entrañable y sé que verdadero «Los Niños del vino».
Julio, seguimos contigo siempre en este Blog
Gracias, Rosa
Me ha encantado, Julio, un relato precioso de Cristina. Estos días estoy leyendo un libro sobre la Segunda República en Mallorca. Es triste leer cómo el maestro de Sencelles, de 24 años, y el médico de 32 años, también del mismo pueblo, fueron fusilados por ser republicanos. Qué jóvenes murieron y qué tragedia que estén en el Olimpo del Olvido, como tantos otros, por la inmensa mayoría de mallorquines. Un abrazo, estimat
Gràcies, Pere