Llegar de noche y despertar al día siguiente en Rioja Alavesa es como traspasar el espejo de Alicia, de Lewis Carroll, para encontrarse en el país de las maravillas. En otoño, si el día es soleado, y el azul es un canto al infinito, la Sierra Cantabria parece cobrar vida observando con detalle un poderoso cuadro de colores, cual si fueran girasoles de Van Gogh, rojos caribe de Gauguin y amarillentos grisáceos lilas de Monet.

RIOJA ALAVESA es fantasía de colores que el Ebro celebra en sus curvas de pasión.
La cajita del acuarelas ya había hecho la despedida y descansó silenciosamente en el fondo del zurrón.Si tienes la fortuna de contar a tu lado con el Caminante del Alma, entonces puedes surcar un mar de viñedos, dejándote llevar al centro del pórtico de la tierra, que pareciera unos labios sensuales de un ser deseado. Querrás detenerte y demorar la caminata, romperla para que sea eterna. Pero el Caminante pondera los espacios, mide los tiempos. Te apremia.
Él sabe que cinco horas después nos hemos comprometido a comer y beber en una bodega. Tú quieres ir a catar los vinos del Paisaje Cultural del Viñedo, pero de una manera inconfesable estás pidiendo que Rioja Alavesa sea un laberinto de cepas del que no se pudiera escapar nunca jamás.
Para entonces tus ojos han llegado a los límites del Ebro y naufragan entre los reflejos, las mil y una luces del alma de esta tierra. Vas y vienes como un salvaje herido hasta que finalmente eres río, eres «Ganges», y navegas, con las ramas de cepa de la cremación, suave y sinuosamente a la deriva, meciéndote entre los reflejos de decenas de miles de hojas.

HOJAS DE VIÑA navegan como una pincelada más en lienzo del EBRO.
Entonces le dejas la crónica de pinceles y verbos evocadores al Caminante del Alma, sabiendo que en Lapuebla hay otro espejo de salida, de Carroll, por el que volverás cuando desde la mesa de la bodeguera Victoria Cañas te llamen los propios vinos y las conversaciones de enjundia y sombra sobre esta tierra de pura leyenda. De viva historia.
CABRIOLAS EN EL AIRE
El Caminante del Alma *
Cruzamos la Plaza cuando la poda de los plataneros despide definitivamente al estío y al veranillo de San Martín. Anuncian bruscas bajadas de temperaturas. Con las ramas cae un nido de jilguero. Cuánto jolgorio escucharon los padres mientras los incubaban; y para los pollitos, qué alegría el alboroto de los niños.

Abandonamos el pueblo en dirección a San Roque. La campana de la torre toca la media de las ocho. A diferencia de días pasados, la calma es evidente. La uva está en casa. El día es rotundo, exprimiendo al campo el máximo color. Dos milanos hacen cabriolas en el aire. No se escucha el canto de los pájaros. Tampoco vuelan. Son los preludios del invierno.

EL NIDO estaba aún caliente. Un trino de sueños palpitaba en tan mullida cama de plumas.
Caminamos degustando uva fresca y uva pasa, porque este año la abundante cosecha regala mucha racima. Subimos a Cerro La Horca y contemplamos en silencio, el hueco labrado en la piedra, donde se supone que encajaban el madero de la horca.

ERMITA DE SAN ROQUE… la contempla un zorro silencioso que se para entre las cepas.
Las vistas son maravillosas. Huellas de zorro, jabalí y conejo. Las perdices no andarán lejos. Después de esta visión con la Sierra Cantabria al fondo, me gusta saludar al generoso Ebro. Superamos el Cerro Mesa Mayor para descender a la cornisa que rodea La Mezana.
El espectáculo vuelve a ser prodigioso. Ahora se completa con el dorado de la chopera y el serpenteo plateado de sus aguas. La visión convence del abrazo que el río Ebro y la Sierra Cantabria dan al perímetro de tierra que configura Rioja Alavesa.

EL PAISAJE. Oh, si se pudiera pintar todo lo que uno ve, escucha, paladea y siente…
Degustamos uva empapada del tibio rocío. Y con el maravilloso recuerdo de luz, color, sonidos y sabor, nos sentamos en la bodega Diez Caballero de Elciego para compartir una agradable comida, en la que la bondad del vino estimuló alegres conversaciones.

EL VINO DE LA BODEGA nos llamaba celoso del Paisaje.
En medio del laborioso trasiego, Antonio Diez Caballero tuvo la amabilidad de descubrirnos su concienzudo trabajo con los mostos en ebullición.

MANUSCRITO de la crónica del Caminante del Alma en un radiante día de otoño.
Victoria Cañas y familia saben cuánta uva, y de qué calidad producen sus viñas. No aspiran a desbordar cifras y se esfuerzan en lograr una elaboración de vino que, por encima de todo, se alcance gracias al buen hacer de quien conoce las claves para conseguirlo.
Tamaño de producción, buenas viñas y tradición, para sostener el prestigio logrado.
*Texto de Cabriolas y Pinturas: José Ramón Elorriaga Zubiagirre
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Otra joya del Caminante en el amanecer. ¡Qué bien contada y pintada Rioja Alavesa!
Se agradece tu comentario, Miguel. Saludos cordiales para un miércoles.
Tan bello! que lo compartiré en mi muro del facebook.
Estupendo, María Elena. Gracias por ese impulso en la acción. Saludos cordiales.
Extraordinario relato de Rioja Alavesa, narrado con una pluma y maestría que te conmueve hasta el alma.- Gracias.- Saludos.-
Agradecemos tu valoración, Francisco. Saludos.
Viñedo de palabras. Las que se refieren a Diez-Caballero son de ida y emocionan. Son de vuelta porque nos animan en esa responsabilidad de hacer buenos vinos, de crear estilo personal.
Jean Philippe Vassal arquitecto parisino dice: «el mejor espacio es el que se comparte una copa de vino con un amigo». Este espacio es el que habéis creado, entre El Caminante del Alma y Julio Flor: belleza, poesía, luz, aroma, sabor y todos nos sentimos necesitados de compartir ese gran vino.
Nada lo podrá igualar.
Palabras que animan y emocionan. Son las que necesitamos… como los buenos vinos. Gracias, Victoria. Saludos cordiales.
Exquisito artículo, una delicia para el alma y el intelecto. Vaya nivel!
Gracias por tu comentario, Lea. Salud