Si en el primer gran error hablábamos de nuestra desconsideración hacia los agricultores en base a su teórica minúscula aportación a la economía vasca (0,6% del PIB), olvidando su papel vinculado a la creación de empleo, la ocupación y gestión de buena parte del territorio (de la “Euskadi vaciada”), la creación y mantenimiento del bello paisaje, el turismo rural…, en este segundo error nos vamos a referir al divorcio agricultura-supermercado.

EL diferencial de precios agrarios origen-destino es tremendo.
Me refiero con ese divorcio a que los urbanitas magnificamos e idealizamos el “proceso industrial” que va desde el agricultor al supermercado y separamos exageradamente las naranjas en el árbol de las naranjas en la frutería, la leche en la vaquería del tetra brik en la estantería, el vino en la cooperativa de agricultores de la botella de vino joven en la enoteca o en el bar.
En una estrategia promocional extraordinariamente, muy bien llevada, consiguen los publicistas que los consumidores detrás de una malla de naranjas a 1,50 euros/kg no intuyamos al citricultor arruinado al que le están pagando a 0,14 euros/kg, del mismo modo que tras nuestra brik de leche a 0,95 euros no veamos al ganadero cobrando la miseria de 0,38 euros/litro o tras nuestra botella de vino joven de 4 euros no veamos al viticultor cobrando la uva o el vino a una cifra a menudo ruinosa.
En el país de las naranjas, en pleno invierno cuando las necesidades de frío para almacenamiento son mínimas, alguien decide multiplicar por diez el precio en origen de un producto resistente y de primera necesidad con la simple tarea de meterlas en una malla. Sin rechistar, los urbanitas aceptamos diferenciales de precio entre origen y destino del mil por cien en cítricos, de quinientos por cien de media en productos agrarios y de casi trescientos en productos ganaderos.

DIVORCIO imaginario entre la cepa y la copa.
¿Y qué piden los citricultores? Apenas 6 céntimos más el kilo, piden que les suban la naranja de 0,14 a 0,20 euros para cubrir gastos y ganar un poco. ¿Que piden los ganaderos? Pues que les paguen la leche unos céntimos más, por encima de 0,45 euros/litro. Nuestra ignorancia nos está saliendo cara a unos urbanitas que dejamos a nuestros agricultores a merced de los lobbys de distribución, sacrificándoles por unos céntimos con la excusa del libre mercado.
La botella de vino es otro ejemplo de ese divorcio agricultor-supermercado, entendido como un divorcio imaginario instalado en la mente de muchos urbanitas, que ven la producción de uva como un tema de sencillos agricultores mientras que la producción de vinos es tarea de genios. Y ese divorcio imaginario les hace aceptar impertérritos unos precios de un kilo de buena uva de Rioja Alavesa a 0,65-0,70 euros, a la par que aceptan que la botella generada valga a los pocos meses 5 o 10 veces más.
Aclaro que no cuestiono para nada que el precio final de la botella (en la bodega, el supermercado o el restaurante) sea de 4 o 200 euros. Es un producto limitado en producción y tiene el precio que le otorga el capricho del consumidor y la ley de la oferta y la demanda. Solo cuestiono a aquellas grandes bodegas que obteniendo beneficios netos de varios euros/botella están regateando 0,10 o 0,20 euros el coste del kilo de uva o el litro de vino a granel.

BUEN estudio del Gobierno riojano hecho antes de que los costes se dispararan.
¿Qué suponen esos diez céntimos extra para las grandes bodegas? Teniendo en cuenta que las pequeñas y medianas bodegas se autoabastecen en gran medida con sus viñedos, cada año son comprados por las grandes bodegas unos 250 millones de kilos de uva o su equivalente en vino, por lo que subir 10 céntimos el kilos de esa uva tendría una repercusión de unos 25 millones de euros para unas grandes bodegas que facturan 1.000 millones cada año.
Conviene aclarar que ni en España ni en la DO Rioja se puede establecer un dualismo entre el agricultor productor de uva y la bodega como única elaboradora de vino. En España un 70% del vino es producido por agricultores en sus cooperativas agrarias y en la DO Rioja el porcentaje de vino elaborado por viticultores (cosecheros, cooperativas, incluso minúsculos criadores), supone un 45% del total.
Y a este respecto también conviene decir que asimilar Rioja a vinos de crianza, reserva o gran reserva no es correcto. Hay casi 150 millones de botellas que salen cada año al mercado como vino joven, tanto tinto como blanco o rosado, En muchas de esas botellas transcurre muy poco tiempo entre que la gran bodega paga la nueva cosecha a los agricultores y se la factura a sus compradores.

LOS agricultores elaboran mucho vino en la DO Rioja.
El dualismo se podría establecer con más precisión entre el viticultor productor de uva y vino a granel y la bodega embotelladora. Fíjense que en el estudio de costes del Gobierno riojano para el año 2020, establecía unas pérdidas todavía más abultadas para cosecheros y cooperativas elaboradoras de vino que para los vendedores de uva, pues la cántara estuvo en 2020 y 2021 entre 10 y 15 euros y los costes superaban los 17 euros/cántara (y este estudio no tiene en cuenta las recientes subidas en gasóleo, fertilizantes, fitosanitarios, por lo que el coste hoy supera los 19 euros).
Observen en cualquier supermercado una botella de vino bueno y barato (entre 2-2,5 euros en otras DO, 3-3,5 euros si es Rioja). Observen su aspecto, su buena botella, su bonita etiqueta,… y obviamente con su gastos incluidos de transporte, su fuerte comisión al distribuidor, sus tasas pagadas, sus IVA soportados. En esa baja cifra está incluido también el pago de la uva o el vino al viticultor y la ganancia de la bodega.
Todo lo demás desde esas bajas cifras hasta los 5, 10 o 200 euros/botella ya no depende gran cosa del precio de la uva, los gastos de transporte o el coste de la etiqueta,… En la mayoría de los casos son sutilezas que muchas veces dependen del azar, de la opinión de un “Parker”, de los gastos de promoción, del glamour del bodeguero, de la originalidad de su marca, de la fotogenia de su viñedo,…

LAS cifras de la DO Rioja son enormes y siguen creciendo.
Para evidenciar esa ocultación de los viticultores repasemos los números del Rioja: los viñedos producen cada año unos 420 millones de kilos de uva valorados en unos 300 millones de euros que, tras su transformación y embotellado, pasan a valer unos 1.400 millones de euros y por los que el consumidor, esencialmente europeo, llega a pagar unos 2.800 millones de euros en su hipermercado, en el bar o en el restaurante. El valor añadido desde la cepa hasta la copa es mayúsculo, unos 2.500 millones euros/ año.
Vimos también que si a principios de los años noventa el diferencial entre los ingresos percibidos por los viticultores y los ingresos recibidos por las bodegas por las botellas vendidas eran de 100-200 millones de euros, en la actualidad el diferencial roza los mil millones de euros, por lo que la DO Rioja 2022 no se parece en casi nada a la DO Rioja 1992 desde el punto de vista económico.
Aquellos grandes popes vinateros autóctonos que sellaron con los viticultores un contrato social en los años setenta y ochenta no se parecen en nada a los actuales gerentes foráneos cuyo único propósito es aumentar beneficios cada año para obtener el aplauso de la Junta de Accionistas, importándoles más bien poco la situación económica de ese anónimo colectivo de viticultores que le aporta cada año su uva o su vino a granel..

EL pastel Rioja se está repartiendo cada vez peor este siglo XXI.
Mi admiración por aquellos popes vinateros y lo que hicieron por el desarrollo regional la he reiterado en este blog y otras publicaciones, pero reconocer eso no me impide decir que hoy la DO Rioja tiene una dualidad esquizofrénica viña-botella:
cincuenta bodegueros se reparten el 80% de los beneficios del “Rioja”, mientras que los miles de familias anónimas dueñas del 85% del viñedo de la Denominación se reparten apenas el 10% de la tarta “Rioja”, obteniendo muchos años lo justo para seguir tirando.
Están presentes en nuestra D.O. los principales grupos bodegueros españoles (Pernod Ricard Winemarkers, García Carrión, Grupo Faustino, United Wineries, Barón de Ley, Changyu Pioner Wine, CVNE, Solís, Freixenet,..), grupos que tienen una facturación media anual, considerando todos sus vinos españoles, entre 50 y 500 millones de euros en los últimos años (la mayoría de estas macrobodegas facturan en Rioja entre 50-100 millones de euros/año).
El gran tamaño de esas macrobodegas riojanas, su nivel de beneficio conjunto y su agrupación en entidades como la Federación Española del Vino o el Grupo Rioja les confiere una capacidad económica y política extraordinaria, semejante a un poderoso lobby cuya opinión es escuchada muy atentamente por Presidentes del Consejo Regulador, Presidentas o Consejeras de Comunidades Autónomas, incluso por Ministros.

«¿DE qué tienen miedo?», preguntaba Tim Atkin.
¿”De qué tienen miedo”? Así les preguntó Tim Atkin a los representantes de ese lobby recientemente, no sé si retóricamente, sabiendo ya la respuesta, o con una cierta inocencia del foráneo que no termina de captar la fuerza de sus interlocutores. “El Ti- rex no tiene miedo a nada”, le diría mi nieto Ander a Atkin. El poder extraordinario de este colectivo le hace no temer a nada, son otros los que les temen.
El “Estudio sobre la competitividad de los vinos europeos” asegura que este fenómeno de la concentración del sector en muy pocas manos va a ir a más y pronostica en el escenario 2025 “un aumento de la turbulencia del mercado y de la presión de la concurrencia sobre los vinos de la UE”, lo que llevará a las empresas a “la necesidad de garantizar márgenes más importantes, reduciendo los costos unitarios” y al “aumento de la dimensión operacional de las empresas vinícolas de la UE”.
Esa obsesión de los nuevos gerentes del Rioja por reducir costes e incrementar los márgenes, son eufemismos que significan “queremos ganar más y gastar menos”. Como la reducción del personal es un objetivo ya alcanzado tras la automatización de las bodegas (empresas que antes tenían cien operarios en bodega hoy tienen veinte), el único recurso es regatear en el precio de la uva: restar 10 o 20 céntimos al kilo de uva es (y lo será cada año más) la gran batalla de cada septiembre.

OJALÁ las buenas perspectivas comerciales eleven los precios al viticultor.
Buena prueba de “la batalla de los 10 céntimos” la estamos viendo estos días, pues a la par que trasmitían desde el Consejo Regulador un sentimiento optimista de fuerte crecimiento de ventas en 2021 y 2022, importantes bodegas riojanas estaban liquidando este febrero 2022 (antes de la invasión de Ucrania) muchos millones de kilos y litros de la excelente cosecha 2021 a menos de 0,70 euros/kg y a menos de 18 euros/cántara.
Si hacemos el escandallo de costes de una botella de Rioja, veremos que no sólo la bodega, sino Hacienda y otras secciones de la Administración, la vidriera, la imprenta, la corchera, la empresa de cápsulas o de fitosanitarios, el distribuidor, el Consejo Regulador o el bar de la esquina tienen unos beneficios más altos que el viticultor que produce la materia prima.

EL diferencial de precios origen/destino en el vino crece y crece.
Una macrobodega ingresa más que todos los viticultores alaveses juntos, una pequeña bodega con su marca prestigiosa ingresa más que todos los viticultores de su famoso pueblo, el enoturismo ya deja más beneficios que la viticultura, un pequeño bar-restaurante que venda diariamente apenas tres botellas de un vino medio tiene más beneficios anuales por ese vino que el que ha obtenido un viticultor que ha trabajado todo el año sus 12 hectáreas y le han pagado la uva a 0,70 euros/kg.
Tengo la impresión que los urbanitas, tanto consumidores como políticos, no terminamos de captar la importancia de ese divorcio agricultor/supermercado, la importancia de esa “guerra de los 10 céntimos”. Solo la intrascendencia que otorgamos al papel de los agricultores en nuestra sociedad puede explicar que no captemos el valor de esos diez céntimos o que nos encojamos de hombros cuando a uno de los pueblos de más alto PIB de Euskadi, con mil habitantes, le cierren su tradicional oficina bancaria.
Una muestra más de la intrascendencia de los agricultores nos la da el reciente Plan Estratégico de la DO Rioja 2025. Un plan pagado en buena parte por los viticultores, un plan que propone medidas que van a afectar en el futuro grandemente a los viticultores, a los viñedos y al medio rural en que se hallan y que no menciona las palabras agricultura, agricultor, desarrollo rural, medio rural, ….

OTRO «Plan Estratégico Rioja” que se olvida de los viticultores.
Y no menciona el Plan esas palabras clave porque la Consultora ve el Rioja exclusivamente en clave botella y no en clave cepa. Tal vez por eso dicen orgullosos que hablaron con 112 personas y entre ellos destacan a 10 enólogos, 8 sumilleres, 12 prescriptores, 10 compradores de vino, 8 expertos en estrategia, 4 expertos en comercio internacional, 2 en sostenibilidad, 2 en digital,… No intuyo ningún agricultor profesional.
Habla el Plan en un argot deliberadamente incomprensible de “diseñar mecanismos de mapeado y mitigación de riesgos de mercado, reputacionales, regulatorios, medioambientales y sistémicos”, habla también el Plan de “liderar en sostenibilidad”, habla de “fomentar la digitalización, la innovación y el conocimiento en la industria para impulsar la consecución de los objetivos estratégicos”, habla también el Plan de “seducir a los consumidores y revalorizar marca y producto”.

LOS viticultores siguen trabajando ajenos a Planes Estratégicos.
Miles de viticultores no leerán el Plan como no leerán este artículo porque están ocupados con los trabajos cotidianos. No están para “planes estratégicos” ni para humanistas que pretenden ayudarles con unos folios que describen mejor o peor su situación. Nadie les explicará este Plan como no les explicaron los seis planes precedentes, saben bien que leyéndolo o no, el Plan les afectará irremisiblemente. Y no es que sean fatalistas, es que son experimentados agricultores.
Suscríbete a nuestra Newsletter
Acepto que Blog Rioja Alavesa utilice mis datos para acciones de marketing
Recibe nuestras novedades
Newsletter
Acepto que Blog Rioja Alavesa utilice mis datos para acciones de marketing
Es curioso, el artículo me ha parecido que no es de una lectura, se necesita reposo y repaso.
Entiendo que con los datos expuestos a más de uno hará reflexionar hacia dónde va nuestra Comarca, y quizás sería bueno que en los comentarios hubiese diferentes puntos de vista, para lograr una fotografía completa de lo que apunta dicho artículo.
Ahora bien, me he sentido identificado cuando Miguel dice que, en estos momentos, los viticultores no están para humanistas, aunque entiendo lo que quiere expresar y en parte hasta lo pueda compartir.
Pero si mi visión del humanismo es la siguiente: una percepción positiva de la persona, que cree en la persona, y en la posibilidad de mejora, con capacidad de percibir los problemas del otro y con una aptitud solidaria en sus posteriores actuaciones. Además contemplando a la Comunidad como el espacio donde la persona se desarrolla y encuentra las necesidades para su progreso.
De esta manera, con la mirada que yo tengo del humanismo, y los problemas que el sector vitivinícola de la zona se pueden encontrar, ¿No sería bueno que en Rioja Alavesa, cada vez, hubiese más humanistas?
Permitidme que sea un soñador.
Gracias, Fernando.
Esta no puede ser una causa perdida, porque es una causa de justicia, entre otras cosas.
Celebro que Miguel Larreina y el Blog Rioja Alavesa abanderen un trabajo de conciencia, que nos despierten de la modorra cómoda que a veces tenemos como consumidor@s.
Sería además necesario que el sindicalismo entrara en escena con fuerza y convicción (aunque hace tiempo que percibo su desmovilización), y que hagan lo propio las asociaciones de Consumidores, el Ararteko, las asociaciones de bodegas, los bodegueros con alma campesina y los medios de comunicación públicos.
Pero no demos estas batallas de progreso y sensibilidad por perdidas. Ni pensemos que solo es una cuestión de románticos, soñadores y humanistas.
No, señoras y señores, es de civilización y justicia. Y no solo de justicia poética, que también.
Gracias, Arene