Desde lo alto del cielo, en el Palomares, puede verse lo invisible. Aquello a lo que dirigimos la mirada. Lo huidizo.

EN DIFERENTES cumbres de la Sierra se ven humanos diminutos con sueños muy grandes.
Quizá lo que ahora no está, pero estuvo. Un recuerdo lejano. El de un viticultor que se ha quitado la camisa para cubrir el frío de su joven hijo al refrescar en la viña. Contemplar lo que ahora no está. Un ocaso lejano. Un amanecer en tus labios. Lo que estará y se enciende poco a poco en los ojos.
Lo esencial sólo puede verse con los ojos del corazón, dejó escrito Saint-Exupéry. Entendedme si digo que he visto las lágrimas del ciervo herido recorriendo los campos, al pájaro carpintero sonriendo en la rama más traviesa de un hayedo, un rayo de luz besando la vieja piel de un tejo abrasado por una tormenta. Qué decir de la perdiz roja acurrucada bajo la sombra de los racimos de una cepa centenaria.

DESDE LA CUMBRE del Palomares las nubes juegan a ser Océano.
Es más que un aroma. Menos que aquella música antigua que un día se puso de rodillas en un convento de estas tierras. Un soliloquio entre los postes de un antiguo telégrafo. Como si fuéramos capaces de contemplar la secuencia de un hombre solo cargando con su tristeza camino de la más alta cumbre.
Es lo que seríamos capaces de ver si mirásemos con hondura. Pero quizá, como dijo Saramago, nos hemos vuelto ciegos, habitantes de una oscuridad que no quiere ver más que lo evidente. Seguro que aquí hay algo importante para ser cotemplado, y sin embargo permanece oculto. Algo misterioso se nos escapa.

TAMBIÉN se hace camino al andar cuando se camina hacia adentro.
Hay montañas más altas en el planeta, pero en esta Sierra los humanos son diminutas hormigas si los comparas con las paredes de las cumbres. No hace falta llegar al Himalaya, aquí también se toca el transcurrir de un mágico reloj. Si uno pudiera subir a los mejores historiadores de la Tierra, con su lengua sabia contarían lo creíble y lo increíble que habita el lugar desde tiempos en que los humanos movían piedras para convertirlas en dólmenes sagrados.

BAJO LA PIEL de la Sierra hay un dragón dormido.
Hay que subir al techo de la Sierra para escuchar al oído mil y un avatares de esta Comarca en la que hoy están ocupadas todas las mesas de la Ruta del Vino para comer.
Niebla, se ve el alma atravesando los campos. Brisa, se escucha el latido de un dragón dormido bajo la piel de la Sierra. Mudos, para llegar desde los bosques a las regiones del silencio.

SUBIENDO al Palomares desde Lagran, el camino comienza en un hermoso hayedo.
En las nubes calladas se presiente el oleaje etéreo de un océano cantábrico, pinceladas de blancos y grises flotando con la levedad del ser. Es un estrépito de silencio, y sin embargo se escucha cómo arranca un tractor en la hondura del valle. Cómo bajan, de un autobús tras otro, cientos de personas que hoy conocerán Rioja Alavesa por primera vez. Cómo canta un grajo en mitad de la campiña. Cómo retoza una pareja de jabalíes en un barrizal del bosque.

LA INMENSIDAD, una celebración para quien recorre los caminos de Rioja Alavesa.
Hoy pocos te creerán, pero tal y como estás, sentado en lo más alto de la Sierra, eres un poema que se tira al agua y durante un tiempo se deja llevar por la fuerza del mar, siendo arrastrado cada vez más lejos de los amigos que quedaron en la orilla.
Lo de menos es saber qué será de ti. Ni de la cosecha de uva que duerme bajo las cepas. Lo más notorio es saber cómo te sientes parado allá, en lo alto del cielo, en el Palomares. Si eres capaz de ver lo invisible. Lo oculto. Lo huidizo. Lo que sólo tú en ese momento eres capaz de ver, de sentir y celebrar.
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Como un aditivo alimentario. Salud