Xabier Sanchez Erauskin *
Niño aún, en el pueblo de Leza reencontraba anualmente en los veranos raíces familiares y un mundo distinto que nos salvaba de la pátina gris ciudadana de la Vitoria de la posguerra, de los años del hambre. Allí nos bañábamos de sol y aire, aromas de libertad en un paisaje casi asombroso, con la sierra de Cantabria al fondo, presidiendo tierras y viñedos, racimos o frutales en plena sazón.

XABIER Sanchez Erauskin.
La mirada de aquel niño dejaba atrás el asfalto, la rígida rutina colegial, la tristeza de las calles, ceremonias religiosas o patrióticas, desfiles y procesiones de los años cuarenta. Leza y la Rioja eran, en contraposición, la libertad del verano en versión infantil, aunque también nos introducían gradualmente en la visión de otra cara mas auténtica, la de la dureza del trabajo y el quehacer de las familias, hombres y mujeres, en las casas y en el campo… sulfatando las viñas, trillando en las eras o acarreando por los caminos con las mulas. Ellos, su esfuerzo, sería la base del futuro progreso que años más tarde asentaría en Euzkadi y en la provincia la pujanza de una Rioja Alavesa pionera y sin complejos ante nada ni ante nadie.
Vuelvo a aquellos veranos mágicos de Leza, noches donde nos movíamos libres o jugábamos con las luciérnagas en las eras, en el bosque de robles de la Lombilla y sus cuevas en los días de fiesta. Al anochecer, iluminadas por las hogueras de sarmientos secos que anunciaban las chuletillas, bajábamos por los húmedos escalones de las cuevas, admirando a los mayores que hundían en las largas cubetas manos que emergían luego chorreando el milagro del vino fresco. A menudo la cena era bajo las estrellas y el resplandor de la hoguera, pero también se alternaba con las mesas alargadas en la misma cueva para alejar el relente de la “capa del cierzo” de la Sierra que se echaba al atardecer.
Mientras crecíamos íbamos conociendo más y mejor la geografía de mi parcela de Rioja Alavesa con paseos a pie, a los alrededores, a Laguardia, por el camino de Páganos y sobre todo a Villabuena, donde teníamos también familiares. Este último camino tenía el aliciente de “la calleja del sastre”, historia o leyenda que nos ilustraba nuestro aita con detalles fantasmagóricos cuando pasábamos por ella.

ERA EL AÑO 1949. Xabier tocando el txistu en la falda de la Sierra y de Recilla.
Muchos lo recuerdan aún como el año de la muerte de Manolete. También a mi, con doce años me impactó mucho. Era casi el atardecer y bajábamos por la carretera de Herrera, de San León, donde habíamos pasado un día caluroso y feliz, con el copioso almuerzo en la fuente del agua más pura y transparente, a la vera de la carretera en el alto del puerto. Bajábamos todo el grupo encabezados por el trotecillo ágil de la burra con las alforjas casi vacías y el apoyo de la cuesta abajo. En una de las revueltas últimas, no sé cómo, corrió la noticia de que Manolete se estaba muriendo. Era el 27 de agosto de 1947 en la plaza de Linares.
De la niñez a la adolescencia sólo media un paso, y ése lo daría también con la misma sensación de libertad, aumentada por la distancia geográfica del resto del año en Comillas (Santander). Correrías en bici que me llevaban a Elciego a comprar el “As” con el que seguía, además de con la radio, las cabalgadas de Dalmacio Langarica, Bernardo Ruiz, Gelabert, o Trobat… Iba también a Samaniego, Labastida o Lapuebla de Labarca y más tarde hasta Vitoria y Logroño. Pero además lo mezclaba con marchas por la Sierra de Cantabria-Toloño, cuyos caminos conocía tan bien; desde Peña Parda hasta Recilla. Esta última cumbre me marcaría con una impronta cruel el día de San Ignacio del 52. Allí, un cable de alta tensión mal instalado me envió con un latigazo mortal por las rocas que marcan las sendas hacia Lagrán. Pasé seis meses en la Policlínica vitoriana, curando las graves quemaduras. Salvé la vida como los gatos. La rehice con limitaciones pero la vida iba a ser larga.

LAS VIÑAS de Leza, la sierra de Cantabria-Toloño con la cumbre de Recilla.
Posteriormente espaciaría mis escapadas a Leza, ocupado en tareas que se repartirían a lo largo de mi longeva trayectoria; siete años en Terranova, otros siete en Madrid (periodismo), diez más en Gipuzkoa en “Egin” y la revista “Punto y Hora”, doce como profesor en la Universidad del Pais Vasco. Tantos años alejado, siempre habría un hueco en mi corazón para esa querida Rioja Alavesa que siempre he defendido a ultranza y que este formidable blog dirigido por Julio Flor ha sabido acompasar con tanto cariño y acierto a la altura de los tiempos de una tierra que camina imparablemente. No quiero terminar estos pequeños recuerdos sin dejar en este espacio un lugar para mi desaparecido amigo Javier Palacios con el que compartí la alegría de su labor pionera en el redescubrimiento de una Rioja Alavesa progresista y euskaldun.
*Periodista y Escritor.
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Querido Xabier,
Con tus palabras me llevas a mis veranos en Navamojada, comparto tu ilusión por la añorada juventud, aunque no eran ni el mismo tiempo ni el mismo lugar, me has trasladado a mis primeros amores y sabores, también bajo las mismas estrellas.
Gora Euzkadi!
Decía Rainer María Rilke que «La única patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños» y añadía que «La verdadera patria del hombre es la infancia». Xabier nos ha llevado a todos a una infancia rural, libre, mágica. Quien haya formado parte de un pueblo con trillo, río, montañas, sierras, fuegos y excursiones en burro, se habrá sentido incendiado por una amalgama de recuerdos. Gracias Juan por tu sabroso comentario. Saludos cordiales.
Me ha encantado leer los recuerdos de Xabier….
Porque hay palabras que me recuerdan también a mi niñez.
La nostalgia de la niñez y esos olores , sabores, y sobre todo los paisajes…
Hay una tecla que si se toca llega a alguna parte interior de nosotros. Así ha ocurrido con la tecla de este artículo magnífico de un maestro de periodistas. Gracias, Paqui, por tu nostalgia. Saludos.
«Al anochecer, iluminadas por las hogueras de sarmientos secos que anunciaban las chuletillas, bajábamos por los húmedos escalones de las cuevas, admirando a los mayores que hundían en las largas cubetas manos que emergían luego chorreando el milagro del vino fresco…»
¡Qué bellísimo testimonio de ese mundo que empezamos a tener olvidado! Gracias por esto y por tantas cosas Xabier.
¡Ah! Y la bonita historia de «la calleja del sastre» nos la podría contar con pelos y señales ese bloguero tan documentado de las cosas de Villabuena-Leza que es Francisco Martínez de Cañas
Gracias, Miguel. Saludos cordiales.
Los que ya peinamos canas hace tiempo, tu relato nos devuelve a la infancia y a los recuerdos de los pueblos en los que tan felices fuimos. Un saludo
Gracias por tu comentario, Jose. Saludos.
Recuerdos de infancia entrañables de los que no muchos pueden alardear con tal viveza y lujo de detalles. En cuanto al blog institucional que dirige Julio, escritos así lo hacen formidable, es verdad.
Es formidable sentirse tocada por esos recuerdos de Xabier. Gracias, Karmele, por tus comentarios. Saludos cordiales.
Todo un año leyendo este blog; por lo que les agradezco hondamente. Cada artículo pone mi imaginación a jugar y a recrearme y regodearme en cada relato. Después de leer tanto artículo; este Navidad decidí regalar a mis familiares Vinos de Rioja Alavesa. Ya compré una caja en la Bodega de Vinos y Licores de Costa Rica. Lo que me apena es que acá no nos llegan Vinos de Rioja Alavesa. Únicamente de «La Rioja».
Gracias por tus lecturas, tus respuestas, somos nosotros quienes te agradecemos hondamente, María Elena Masís, tus palabras y tus buenas intenciones. Saludos cordiales.
Quienes recorrimos campos, vadeamos ríos y escalamos montículos en nuestra niñez, todo en nombre de la libertad, no podemos por menos que sonreír melancólicos ante este maravilloso recuerdo. Un abrazo.
Gracias Alberto por participar de este sentimiento. Saludos. Y un abrazo.
Maravilloso relato, que nos hace recordar la infancia y juventud en cualquiera de los bonitos pueblos de Rioja Alavesa. Yo nací y he vivido siempre en Villabuena; no soy persona de asfalto, me siento feliz en el pueblo y amo esta Tierra con pasión, recuerdo y admiro mucho a las generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido por su trabajo, sacrificio y esfuerzo, y por haber recibido este paisaje tan bello al que estamos obligados a respetar para generaciones actuales y venideras.- Saludos,
Francisco, siempre se agradecen tus comentarios. Seguro que a Xabier le alegrará sabe que sentiste su texto como un «maravilloso relato». Saludos cordiales.